Las Escuelas Oficiales UCH Zona Sur llevan 17 años formando jugadores bajo los valores del “chuncho”: educar ciudadanos, antes que futbolistas.
Antes de pensar en el fútbol profesional hay que aprender a jugar. Antes de aprender a jugar, hay que aprender a entrenar. Y antes de todo eso, quizás, hay que aprender a perder.
Así lo concibió el doctor Víctor Sierra y su equipo de profesionales cuando se hicieron cargo de la rama de fútbol en el Club Deportivo de la Universidad de Chile, y así, se sigue concibiendo en las Escuelas Oficiales Universidad de Chile Zona Sur. Desde 2009, el proyecto ha acompañado a niños y jóvenes que encontraron en una pelota una primera forma de competir, compartir y también crecer.
Han pasado 17 años desde entonces y la escuela también ha cambiado. Desde 2021 comenzó a incorporar distintos niveles de enseñanza, entendiendo que no todos los jugadores necesitan lo mismo ni atraviesan la misma etapa de desarrollo.
Hoy existen tres estaciones dentro de ese recorrido: Iniciación, Tecnificación y el Centro de Formación y Perfeccionamiento para Futbolistas (CFYP), el nivel de mayor exigencia y el representante de Universidad de Chile Zona Sur en #LaLigaZappingEvolution.
En el CFYP, el fútbol ocupa buena parte de la semana. Cuatro entrenamientos -lunes, martes, jueves y viernes- y competencia cada fin de semana. La exigencia aumenta porque también lo hacen las herramientas que se buscan entregar.
“Para nosotros formar futbolistas va mucho más allá de enseñar a jugar fútbol. Siempre hemos entendido el fútbol como una potente herramienta educativa”, explica Diego Pérez, director de la escuela.
Ahí aparece una diferencia importante. El objetivo no es solamente que un jugador aprenda a controlar, pasar o competir. También que entienda lo que significa comprometerse con un equipo, respetar a un compañero, asumir una responsabilidad y volver a intentarlo después de una derrota.
“Disciplina, compromiso, respeto y actitud” son las cuatro palabras que resumen el sello de la institución. Cuatro conceptos que, para Pérez, deben convivir con la formación futbolística.
Porque el fútbol formativo tiene una paradoja difícil de esquivar: muchos sueñan con llegar al profesionalismo, pero muy pocos lo consiguen.
La escuela lo sabe. Por eso, su trabajo no puede depender exclusivamente de cuántos jugadores terminan llegando a un plantel profesional. También importa aquello que está más allá de los límites de la cancha.
“Si después de pasar por nuestra escuela un jugador aprendió a respetar, a trabajar en equipo, a ser responsable, a levantarse después de una derrota, a comprometerse y a esforzarse para conseguir sus objetivos, sentimos que hicimos un buen trabajo”, cuenta el director de CFYP UCH.
En ese proceso, los entrenadores tienen una responsabilidad que va más allá de la pizarra. Son quienes están cada semana junto a los jugadores, quienes transmiten una metodología y quienes también pueden convertirse en figuras importantes durante una etapa de crecimiento.
Lo mismo ocurre con las familias. Su lugar no está dentro de la cancha, sino acompañando desde afuera. “El entrenador tiene que entrenar, el jugador tiene que jugar y la familia tiene que acompañar”, resume Pérez.
Así se completa una cadena en la que cada uno tiene un papel distinto.
Y quizás ahí está la verdadera dimensión de un proyecto que lleva más de 15 años acompañando a una infinidad de deportistas. En que el camino no termina necesariamente cuando un jugador deja de perseguir el sueño profesional.
La última postal que imagina Pérez tampoco habla de títulos ni de estadísticas. Habla de memoria.
Que años después, cuando aquellos niños ya sean adultos, puedan mirar hacia atrás y decir: “Ahí crecí, ahí aprendí y fui feliz jugando al fútbol”.
Porque los campeonatos pasan. Los resultados también. La huella, en cambio, juega otro partido.
Fuente: #LALIGAZAPPINGEVOLUTION


